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Polos opuestos

Como bien se menciona en la película «Matrix», existe una ecuación fundamental a través de la cual el mundo se reequilibra constantemente para lograr estabilidad. Dicha ecuación ofrece un escenario donde puede sostenerse el conflicto sin un completo colapso. Ese es el equilibrio de los polos opuestos, el equilibrio del yin-yang.

¿Y qué son esos polos opuestos? El dador y el receptor: estrella-planeta, masculino-femenino, positivo-negativo, salvador-víctima, verdugo-víctima, abundancia-carencia.

Lo primero que hay que tener en cuenta es que estas posiciones suelen etiquetarse con los términos «masculino» y «femenino», pero en realidad son posiciones de poder relativas y, por lo tanto, no tienen nada que ver con el sexo de la persona que las sostenga.

A continuación, los dos términos principales de la ecuación, recordando que cada uno se define respecto al otro:

El dador: el que está en la posición de poder, el abundante, el «feo», el «no merecedor de amor», el más independiente, el salvador o verdugo —ante su fracaso como salvador—, el que decide si la relación se mantiene o termina, el que tiene la sartén por el mango, el que «ama» menos al otro.

El receptor: el que está en una posición de debilidad, el carente, el «guapo», el «merecedor de amor», el menos independiente, la víctima —el que tiene que ser salvado o castigado—, el más dependiente e incapaz de soltar la relación por su autopercepción de necesitado, el que «ama» más al otro.

Estas características no hacen referencia a «hechos objetivos», sino a la percepción subjetiva de quien interpreta cada uno de estos roles en un momento determinado. Por tanto, no describen lo que una persona es, sino la posición relativa desde la que se percibe a sí misma y al otro dentro de una relación.

Estas dos energías tienen un fuerte magnetismo y se atraen enormemente; de lo contrario, huirían una de la otra, porque su «unión» supone un fuerte conflicto. Las relaciones de interdependencia son, por definición, destructivas. Son la jaula en la que se encierran sus integrantes y en la que, en el mejor de los casos, existe un equilibrio laxo: el dador no restringe demasiado —da su amor, no castiga— y el receptor no exige demasiado —no asfixia, no castiga—.

La relación sana es una relación entre dadores. Una relación incondicionada y, por lo tanto, sin ningún tipo de jaula ni interdependencia. El amor verdadero solo se puede dar en este tipo de relación porque existe libertad y no se le exige al otro que sea de una forma determinada para suplir las propias carencias.

Es una relación de mutuo amor incondicional, y la palabra incondicional es la clave, porque el amor o es incondicional o simplemente no es. Un amor que no es incondicional es una ilusión de amor, un autoengaño; solo es dependencia disfrazada de amor.

¿Y cuál es la relación más enfermiza en el sueño del ego?

La que está más descompensada y, por lo tanto, aquella en la que el dador está en un extremo y el receptor en el otro: esa es la relación de los ídolos y los idólatras. Es la extrema distancia entre el que se considera superior y el que se considera inferior.

El ídolo da para conseguir que el idólatra sea completamente dependiente de él y esté completamente subyugado y a su merced. Ahí se encuentran lo sectario y la ceguera máxima: pensar que alguien tiene más derecho que tú o que puede ser mejor que tú. Igual que sabemos que tampoco puede tener menos derecho ni ser inferior.

dador ←— distancia máx. —→ receptor
ídolo ←————————————→ idólatra
superior ←—————————→ inferior
abundante ←———————→ carente
menos necesitado ←→ más necesitado