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Ping-pong

Como la mente está dividida en dos, se encuentra en un permanente conflicto interno. Si no fuese así, existiría una coherencia absoluta en ella, y sabemos que eso no es cierto porque en ella siempre existe la duda del «¿y si…?». Por esta razón, siempre está sometida a una especie de partida de ping-pong. Estas idas y venidas producen una oscilación; por lo tanto, una vibración.

El estado mundano de la mente se da en la mitad que alberga los miedos. La red es un estado neutral y, al otro lado, se encuentran los pensamientos elevados. Por ejemplo, este texto estará escrito mayormente desde el estado neutral. El estado neutral tiene la ventaja de conectar más fácilmente con la parte cínica de la mente.

La neutralidad por sí sola no sirve para llevar a la mente al estado elevado, sino para crear una apertura en ella; por lo tanto, una disposición a la escucha. Entender los mecanismos de la mente, lo que sería parte de la neutralidad, por sí solo no es suficiente. El entendimiento puede servir al propósito de la vanagloria, y el que se vanagloria por aprender se queda en el lado del cinismo.

Por esta razón, es necesaria una alternancia entre el mensaje neutro y el elevado. Los cambios más grandes vienen de las pasiones más elevadas. Y para ponerle pasión hay que echarle mucho valor, ya que los valores que defiende la mente elevada son diametralmente opuestos a los que atesora el mundo material. Es, por lo tanto, un remar a contracorriente. El que logra mantenerse entre la neutralidad y el estado elevado logra mantenerse separado del miedo.

Desde ese rango alto podrá tomar decisiones mucho más acertadas y más acordes con su verdadera Voluntad, que no es otra que la Voluntad de Dios. En el juego de esta vida, y en esa partida en concreto, cada cual lanza las pelotas desde el lado en el que se encuentra y el otro lado las recibe. Los dos intentan que el otro jugador pierda para traerlo a su terreno.

¡Así pues, suerte, valeroso caballero, con este juego!