A estas alturas de la película, ya entiendo por qué nunca terminaba de dar los pasos necesarios para deslumbrar, para preparar un cebo apetecible que mi presa pudiese morder sin pensárselo. Siempre pensaba para mis adentros: «Si realmente quisiera, podría sobresalir por encima de la media y crear una identidad basada en algo superficial para obtener un cuerpo bonito del que poder “enamorarme”».
Sin embargo, instintivamente sabía que la recompensa no merecería el esfuerzo. Aunque, como aún no lo entendía con total claridad, siempre caía en el pozo del «quiero y no puedo» y hacía tímidos intentos que no llegaban a ninguna parte por falta de motivación. Dentro de mí había una certeza: obtendría más de lo mismo. Mi vacío sumándose a otro. Un camino sin salida.
Vacíos que se taparían mutuamente de vez en cuando a base de placeres efímeros y transitorios, para que, una vez destapado el pastel, llegase de nuevo la frustración junto con el conflicto. Era una historia que se había repetido demasiadas veces y cuyo final ya conocía perfectamente. Con semejante panorama, ¿cómo podría tener la motivación necesaria?
En el fondo, lo que buscaba era un ser pleno, una luz que me bañase, una sonrisa constante, un apoyo incondicional y la complicidad que se esconde tras las conexiones genuinas. Dichas conexiones nunca ocurren en la oscuridad; siempre ocurren en la luz: son pureza con pureza, inocencia con inocencia, luz con luz. Solo pueden existir en la luz, el único lugar donde habita el Amor.
Ya entendí que solo podría alcanzar la luz que tanto anhelaba siéndola yo mismo.
Que el sentido solo se conjugaba con el sentido.
Que la verdad solo se conjugaba con la verdad.
Que eran un mismo sentir, un mismo pensar