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Las relaciones

La salvación está en las relaciones porque, o bien las personas se comunican y hay una conexión genuina entre ellas, o bien son dos muros: cada uno le habla al otro de su yo, pero ninguno escucha realmente a su contraparte.

El Espíritu Santo está presente en toda relación, en toda interacción, porque su papel consiste en conectar lo que se percibe a sí mismo «fragmentado». Él no entiende de diferencias porque sabe que son irreales. Tan irreales como todo aquello que procura representarlas.

El mundo físico es el juego de las diferencias y los niveles. Del estatus y la necesidad de ser especial y sobresalir para poder sentirse uno valioso. Y uno quiere sentirse valioso para sentirse amado o alcanzar una forma ficticia de amor. Esa que tiene irrealmente definida en su mente.

Si la relación es una forma de adoración desnivelada, se convierte en algo destructivo porque va en contra del amor real, que rezaría algo así: «Te amo como me amo a mí mismo».

Si se ama más al otro que a uno mismo, se incurre en un ciego y desesperado fanatismo. Te colocas a ti mismo por debajo. Te pisas o te dejas pisar. Si deseas que el otro te ame más de lo que tú lo amas, persigues la egolatría. Pisas y buscas que se dejen pisar.

Todo lo desnivelado es, en esencia, destructivo y desconsiderado y, por tanto, falto de Amor. La equidad es un componente esencial del Amor porque el Dios real reparte por igual a lo largo y ancho de lo que su Hijo es. Pensar que tienes más o menos derecho que otro es faltar frontalmente a la Verdad.

Lo que estés dispuesto a aceptar para ti mismo será lo que estés en posición de ofrecerle al otro. Al final, uno no podrá ser distinto de lo que aprenda a través de la aceptación.

Todos aquellos que buscan la Verdad cumplen una función y aportan algo, incluso desde su muy imperfecta comprensión, que no es otra cosa que su muy imperfecta aceptación.

A medida que uno acepta la Verdad como parte de sí y de su camino de vida, la comprensión se va abriendo. Sin embargo, aceptar esa Verdad es realmente difícil porque hay un aferramiento muy fuerte a lo terrenal y a lo «conocido», así como miedo a lo espiritual y a lo «desconocido u olvidado».

Aquí se da una paradoja: lo «conocido», en realidad, no se puede comprender porque representa la nada y la sinrazón. En cambio, lo «desconocido» se puede llegar a comprender porque representa el sentido o el significado, el cual proviene de Dios, tu auténtico creador.