He aquí la historia de cómo nacen las sirenas: un conejo persiguiendo una zanahoria que nunca logra alcanzar.
El conejo se convierte en una chica que llora desconsolada por soñar con imposibles. De sus mejillas brota un lago. Del lago brotan ríos y cascadas. Y, finalmente, todo se une en el mar.
El mar, cada vez más profundo, termina cubriendo todo su mundo. Ella, ahogada en su propio llanto, empieza a «respirar» debajo del agua y se convierte en una sirena. Vaya adonde vaya, solo contempla su propia pena, pues se incapacita para ver otra cosa que no sea su propio sufrimiento. Un velo que ella misma corre para olvidarse del resto.
En su particular sala de cine reproduce en bucle la historia que ha decidido construir. A todo el que pasa por delante le pide que la vea con ella, y ninguno la entiende porque ninguno está bajo su mismo mar.
La incomprensión le hace llorar aún más, y su mar es cada vez más profundo y más oscuro.
Un día escucha una extraña voz que le dice:
«No eres una sirena ni estás bajo el mar, pero, como crees estarlo, prueba a nadar hacia la superficie. Si hay mar, también habrá superficie. Allí podrás volver a respirar de verdad y ver el Sol relucir. Allí te darás cuenta de que nunca fue tal y como lo pintaste».
La sirena que vuelve a la superficie vuelve a su tierna niñez, en la que ya no busca lo imposible sino que abraza lo real.