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La promesa

Se suele decir «lo prometido es deuda», y he perdido la cuenta de las veces que falté a mi palabra. La promesa es comprometerse a algo que alguien espera, y cuanto más lo espera o desea, mayor es la decepción y la traición sufridas cuando esta queda incumplida. A quien no espera gran cosa, la promesa no puede defraudarle y, con una expectativa baja, la sorpresa casi siempre es grata o considerable. A quien no espera nada y se le da, ¡qué alegría más grande!

Con el tiempo he ido aprendiendo a prometer menos y a obligarme menos, porque entendí que todo lo que se hace desde el compromiso es fácilmente quebrantable. No me agrada faltar a mi palabra, igual que tampoco creo que le agrade a nadie. No creo que nadie se sienta bien defraudando a otro.

Uno podría caer en el nihilismo y no darle valor a algo tan veleidoso, tan inestable; o podría comprender por qué hay promesas que cumple y otras que no. Las promesas que he cumplido, o que se han cumplido en mi nombre, son todas aquellas que hice desde el corazón.

Entonces, ¿era la promesa el problema o lo era el lugar desde donde había sido prometida?

Una promesa hecha desde el corazón es inamovible, inexpugnable, impenetrable. Es el viaje de Ulises y su deseo de retornar al hogar. Quien es movido por el corazón es fiel a sí mismo y no hay inclemencia capaz de bloquearle. No hay inclemencia que pueda ganarle un pulso a un corazón sincero.

Sé que, para no faltarme a mí mismo ni a mi palabra, tengo que serme tan dolorosamente honesto que ni el espacio ni el tiempo puedan imponerme condiciones sobre cómo sentir, cómo pensar o cómo vivir.

Tan libre, tan leal, tan auténtico, ¡que no haya promesas vanas condicionadas por sueños vanos, sino senderos de energizantes y profundos anhelos, tan deseados y deseables que no pudiese o quisiese, bajo ningún concepto, obviarlos!