Nací en La Habana, Cuba, aunque apenas conservo recuerdos de aquella primera etapa de mi vida. Cuando tenía cinco años me trasladé con mi familia a Barcelona, España, la ciudad en la que crecí y en la que he vivido durante la mayor parte de mi vida.

Con el tiempo, mi camino volvió a desplazarse. Actualmente vivo en Granada, desde donde he ido dando forma a este proyecto creativo llamado El Atlas de Yas.
Supongo que esas son las primeras coordenadas. Las geográficas, al menos.
Las demás necesitan algo más de explicación.
Un camino que empezó lejos de aquí
Mi recorrido profesional no tiene, aparentemente, demasiado que ver con lo que puedes encontrar en estas páginas.
Me formé y trabajé inicialmente en logística y transporte internacional. Más adelante terminé especializándome en tecnología, concretamente en la parte funcional vinculada a las finanzas.
Durante años, mi mundo profesional estuvo formado por procesos, sistemas, datos, relaciones entre elementos y problemas que había que comprender para encontrar una solución.
Era un mundo que podía proporcionarme muchas cosas, pero había determinadas preguntas para las que no encontraba respuestas.
En algún momento empecé a sentir que aquello no terminaba de llenarme.
No porque hubiera necesariamente algo equivocado en el camino que había elegido, sino porque había una parte de mí que necesitaba comprender otras cosas.
Y así comenzó una búsqueda.
La búsqueda
Empecé a leer.
Durante bastante tiempo fui pasando por libros e ideas relacionadas con la espiritualidad, intentando comprender qué había detrás de algunas de las preguntas que me acompañaban.
Después de mucho leer llegué a Un curso de milagros.
La primera vez que lo recorrí lo hice rápidamente, casi en diagonal. Quería conocer aquello que tenía delante, hacerme una idea general de su propuesta y seguir avanzando.
Pero después regresé al principio.
La segunda lectura fue completamente diferente.
Esta vez avancé despacio.
Leía, me detenía, pensaba y volvía sobre lo leído. Y, en algún momento de ese proceso, empecé a escribir mis propias conclusiones.
Al principio, escribir era simplemente una manera de intentar comprender mejor aquello que estaba leyendo. Poner una idea en palabras me obligaba a observarla con mayor precisión, encontrar sus relaciones y comprobar si realmente la había entendido.
Sin darme cuenta, estaba ocurriendo algo más.
Estaba aprendiendo a escribir.
No porque hubiera decidido convertirme en escritor ni porque pensara que tenía algo que enseñar. La escritura apareció como una consecuencia de la búsqueda.
Y así escribir se convirtió en una forma de pensar.
Cuanto más escribía, menos me limitaba a reproducir las ideas que encontraba y más necesitaba examinarlas, relacionarlas y expresarlas con mis propias palabras.
Hasta que llegó un momento en que aquel libro también había cumplido su función.
La hoguera
Cuando terminé aquella etapa hice algo que para mí tenía un significado muy concreto: quemé Un curso de milagros en una hoguera.
No fue un acto de rechazo.
Fue una despedida.
El libro había sido importante precisamente porque me había llevado hasta un punto en el que sentía que ya no debía continuar buscando las siguientes palabras en sus páginas.
Había puesto los cimientos.
Y los cimientos cumplen una función peculiar: cuando el edificio comienza a levantarse dejan de verse, pero siguen sosteniendo todo aquello que se construye encima.
Quemar el libro fue mi manera de representar ese momento.
A partir de entonces quería continuar el camino de otra forma: observar, pensar, escribir y prestar atención a las palabras que surgieran de mí.
No sabía adónde conduciría aquello.
Solo sabía que tenía que continuar.
Una realidad, muchos mapas
Escribiendo empecé a encontrarme una y otra vez con el mismo problema.
La realidad se resistía a las explicaciones únicas.
Cuanto más intentaba comprender una experiencia, más evidente resultaba que podía observarse desde lugares diferentes.
Un comportamiento podía explicarse atendiendo únicamente a lo que una persona hacía. Pero también podía observarse el estado interno desde el que actuaba. Y detrás de ese estado podían existir determinadas creencias. Y detrás de esas creencias, una determinada idea sobre quién era esa persona.
Cambiar de nivel cambiaba la explicación.
Y, sin embargo, seguíamos observando la misma experiencia.
Empecé a comprender la realidad como algo multidimensional, compuesto por distintas capas que interactúan constantemente entre sí.
Una capa no necesariamente invalida a otra.
Explica otra parte.
Lo tangible podía ser la manifestación de algo que estaba sucediendo en una capa menos visible. Una acción podía ser consecuencia de un comportamiento; un comportamiento podía estar relacionado con un estado interno; ese estado podía estar sostenido por determinadas creencias; y esas creencias podían descansar sobre una determinada identidad.
Al mismo tiempo, aquello que sucedía en una capa podía modificar las demás.
La realidad empezaba a parecerse menos a una línea y más a un territorio.
Y entonces apareció el mapa.
El Atlas
Un mapa nunca es el territorio.
Es una representación que selecciona determinados elementos del territorio para permitirnos observar algo que, sin él, sería más difícil distinguir.
Un mapa político, uno topográfico y uno climático pueden representar exactamente el mismo lugar y mostrarnos cosas completamente diferentes.
Ninguno de ellos es el territorio completo.
Pero cada uno puede ayudarnos a comprenderlo desde una perspectiva distinta.
Eso era exactamente lo que llevaba tiempo intentando hacer mediante la escritura.
Construir mapas.
Mapas sobre la identidad, las creencias, las relaciones, el miedo, la culpa, el comportamiento, las decisiones o cualquier otra experiencia que despertara en mí la necesidad de comprender.
Algunos parten de una película.
Otros de un cuento.
Otros de una idea, una conversación, una contradicción o una pregunta.
El punto de partida cambia.
La intención permanece.
Observar una parte de la realidad, intentar descubrir las relaciones que contiene y construir una representación que permita orientarse dentro de ella.
De ahí nace El Atlas de Yas.
No como un intento de construir un único mapa capaz de explicarlo todo, sino precisamente del reconocimiento de que un solo mapa nunca podría hacerlo.
El Atlas es la colección.
La persona detrás de los mapas
Mi recorrido profesional continúa formando parte de mí.
Quizá incluso más de lo que inicialmente podía imaginar.
La logística, la tecnología y los sistemas financieros pertenecen a mundos muy diferentes de la espiritualidad, la escritura o el análisis de una película. Sin embargo, con el tiempo he descubierto un hilo común entre ellos.
Siempre me ha interesado comprender cómo se relacionan las partes de un sistema.
Qué depende de qué.
Qué ocurre cuando una pieza cambia.
Qué estructura permanece escondida detrás de aquello que vemos.
Tal vez por eso mi búsqueda terminó adoptando esta forma.
No soy psicólogo ni filósofo. Tampoco pretendo presentarme como alguien que posee las respuestas sobre los asuntos que exploro.
Soy alguien intentando comprender.
La escritura es una de las herramientas que utilizo para hacerlo y El Atlas es la forma que he encontrado de ordenar y compartir el resultado de esa búsqueda.
Los mapas que encontrarás aquí son, por tanto, mapas que primero he necesitado construir para mí.
Los comparto porque quizá alguna de esas representaciones pueda ayudarte a observar desde otro lugar algo que tú también estés intentando comprender.
No necesitas aceptar el mapa.
Puedes recorrerlo, cuestionarlo, compararlo con tu propia experiencia y abandonarlo cuando deje de resultarte útil.
Al fin y al cabo, un mapa solo tiene sentido mientras ayuda a orientarse.
Nací en La Habana, crecí en Barcelona y hoy escribo desde Granada.
Esas son mis coordenadas.
El resto del territorio todavía lo estoy explorando.