¿Qué hay detrás de cada una de ellas? La reflexión invita a la comprensión de una causa y sus efectos con el fin de anular ambos.
La reflexión invita a la imparcialidad, a mirar la situación desde fuera del escenario, de forma impersonal, desde la perspectiva del observador que ve una escena en la que pudo haber estado involucrado. Su propia experiencia le daría una comprensión más profunda, pero, a su vez, observaría desde la desvinculación que implica la imparcialidad.
Sin embargo, ¿cuándo esa misma reflexión se tornaría en condena? Cuando aparece la parcialidad y, por lo tanto, cuando se vuelve personal. La condena siempre implica división y posicionamiento: un lugar desde el cual la imparcialidad desaparece por completo y cualquier reflexión queda sesgada, enturbiada y adulterada por una profunda subjetividad.
La condena implica posicionarse en un lugar aventajado con respecto al otro, lo cual significa sentirse moralmente superior. Sería algo así como el que saca un 10 en el examen y mira muy por encima del hombro al que sacó un 5 raspado.
Esa superioridad moral, a su vez, implica la práctica de una falsa empatía en la que uno se ve a sí mismo en la posición del otro pensando que lo hubiese podido hacer mejor en sus mismas circunstancias. Eso sería una falacia como un templo porque estaría obviando los cientos de millones de factores, condicionamientos y encadenamientos que ubicaron al otro en la posición en la que se encontraba.
Parecería lógico pensar que la gente no sufre por placer, sino porque no ha encontrado una mejor manera de hacer las cosas. Además, su marcada costumbre de mentirse impide cualquier mejoría; esas mentiras, de paso, justifican su nefasta manera de hacer.
La reflexión deshace absurdos, sobre todo los propios, aunque muchas veces estos se vean más palmariamente fuera de uno mismo. De ahí que el otro sea a menudo un gran espejo en el que estudiarse.
La condena nunca pretende ayudar; lo que busca es señalar y sentenciar al desfavorecido, al tonto, al inútil, al insensato, al terco y al orgulloso. Busca condenarlo a permanecer en sus ciclos tortuosos, de los que no podría salir sin una mano amiga que le ofreciera una comprensión real, o sea, una comprensión omniabarcante.
La condena de por sí no tiene sentido y el que condena simplemente expone su incapacidad de comprender. Y sin esa comprensión no puede haber soluciones reales y duraderas, sino infantiles fantasías de héroes y víctimas o de verdugos y víctimas.