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Piensas para elegir

¿Por qué estamos anclados a una ilusión? Porque no estamos ejerciendo nuestra capacidad de elegir. Pensar fuera de la ilusión es Crear (dar); dentro de ella es lo opuesto: recibir. La mente que opera dentro de la ilusión se convierte en un instrumento receptor en vez de un instrumento Creador.

Nuestra mente está constantemente descargando información. Esa descarga es lo que nosotros entendemos por «pensar». La mente no puede dejar de descargar información porque no puede dejar de vivir. ¿Y qué quiere decir esto? Quiere decir que, así como no podría dejar de Crear en su forma natural de funcionar, en su funcionamiento inverso no puede dejar de hacer lo opuesto. Entonces, cuando pensamos —que es básicamente todo el tiempo—, estamos recibiendo información continuamente.

Concebimos que esa información que recibimos proviene tanto de fuera de nosotros (lo que percibimos fuera) como de dentro (lo que percibimos en la pantalla individual de nuestra mente). La idea de un «afuera» forma parte de la ilusión y es, en sí misma, la ilusión. No hay un «afuera» de nosotros en ningún caso, ya que todo lo que percibimos, desde cualquier perspectiva, es un reflejo del contenido de nuestra mente.

Dicho esto, ¿qué recibe o puede recibir nuestra mente? Dos flujos de pensamiento —dos paquetes de información— que, en esencia, son opuestos. El primero ya lo conocemos todos: es el flujo del ego. ¿Qué contiene ese flujo? Únicamente formas de miedo. Ese flujo es un sistema cerrado y cíclico. Es el rey de la ilusión y su más acérrimo protector.

Como es cíclico, puedes imaginarlo como la lluvia: primero se forma una nube en tu mente. Al principio es solo un pensamiento aislado, pero, cuando empiezas a darle vueltas, le das fuerza hasta que se convierte en una tormenta. Entonces la nube descarga toda esa lluvia acumulada: ese miedo empieza a tomar forma en lo que vives. Y lo que vives parece confirmar ese miedo, así que vuelves a alimentarlo.

Sin embargo, como Dios no entiende de tormentas ni de ninguna forma de miedo, porque para Él nada de eso tiene sentido, ofreció otro flujo de pensamiento que no es cíclico. Y, como no es cíclico, siempre aporta cosas nuevas o nuevas formas de interpretar la realidad percibida.

Es como si tuvieras dos emisoras de radio puestas a la vez o estuvieras viendo dos pantallas al mismo tiempo, algo que hoy en día ya hacemos habitualmente; por ejemplo, el móvil y la televisión.

Siguiendo con la analogía de las dos pantallas, imaginemos que en una hemos puesto las noticias: una mezcla, a partes iguales, de desastres, calamidades y absurdeces. Esa pantalla trata básicamente sobre el miedo y lo único que persigue es fomentarlo.

Luego tenemos otra pantalla, justo a la derecha, en la que se está reproduciendo una especie de documental. De esos que son superinstructivos, pero que casi nadie ve porque a la mayoría le resultan soporíferos. Como las dos están puestas a la vez, tienes que elegir cuál te resulta más interesante y subirle el volumen, lo que hace que el sonido de la otra quede tapado.

Cuando le otorgas mucho poder al flujo del ego, eliges la pantalla del morbo porque, a priori, parece más «emocionante» que la otra. Así que, del contenido que recibes, eliges cuál quieres ver. Eso determina, a su vez, qué contenido estás aceptando y validando. Y eso que validas se convierte en tu realidad, o en el círculo cerrado que tú concibes como tu realidad.

Los que se terminan aburriendo del contenido de la pantalla de la izquierda, porque llegan a comprender que es pura basura sin sentido alguno, prueban con la pantalla de la derecha. Al principio tampoco les entusiasma demasiado, pero, a medida que la ven, empiezan a entender y a valorar lo que enseña.

Ver esa otra pantalla es lo que yo llamaría «estar sentado en la silla del Espíritu Santo», pero sería lo mismo que buscar la Luz en ti o la Verdad en ti.

Lo que ves o escuchas sigue siendo tu elección.