Dos palabras que empiezan por «p», pero que significan cosas muy distintas. Uno debería perdonarse sus estupideces y, para ello, comprender sus causas, así como perdonar las de los demás, tal y como perdonó las propias. Esto no sería tan difícil si entendiese la cadena causal que los llevó a cometerlas.
Sin embargo, lo que nunca tendrá sentido alguno, y además será otra muestra de estupidez, es seguir permitiendo atropellos, maltratos, faltas, mentiras, engaños, burlas, desprecios, ninguneos, etc. No tendrá ningún sentido porque, al mantener el semáforo en verde para todo esto, se estará enseñando con el ejemplo. Se estará enseñando que eso es lo correcto.
¿Y qué seguirá sucediendo? Que lo absurdo seguirá ocurriendo. Seguirá ocurriendo siempre que se le dé cabida. En cambio, si se le van cerrando progresivamente todas las puertas, quedará un único camino: el del sentido. O, quizás mejor dicho aún, el del sentido común.
El que recorre el camino del despertar tiene que alcanzar su absoluta felicidad, lo cual significa que no puede permitirse ser infeliz. Así que nunca se tratará de tragar lo indigerible ni de tolerar lo intolerable. Ni de engañarse al respecto.
La mentira siempre empieza por uno mismo para luego extenderse e intercambiarse por favores que compran más mentiras. Si la felicidad y el amor han de ocupar el primer puesto en tu vida, la mentira debería esfumarse, porque los niega rotundamente.
La libertad empieza y termina en uno mismo, a medida que uno reconoce todos los absurdos y autoengaños en los que incurre. A todos ellos se llega por falta de amor propio y de reconocimiento de la propia valía, ya que, cuando uno reconoce su valor, es incapaz de aceptar limosnas o de permitir desprecios. Solo acepta aquello que se le da con verdadero Amor.
Y nada de esto es posible sin recorrer el camino de la VERDAD.
Uno perdona la falta de Amor y deja de permitirla, tanto en sí mismo como en los demás, pues, si lo que busca es el Amor y la felicidad, tiene que rechazar todo aquello que los niega.