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Nuestro carcelero

La mentira no es algo que deba tomarse a la ligera. Veo mentira tras mentira a mi alrededor. Veo un mundo que es una enorme mentira. Y quizás ahora lo vea tan claramente porque yo mismo estoy dejando de mentirme. Y cuanto más claramente lo veo, más evito caer en sus redes, más evito participar en su ridículo.

A medida que he ido contándome más verdad, he ido entendiendo qué cosas quiero realmente y cuáles eran absurdas mentiras. Me he ido dando cuenta de que las cosas que quiero son muy simples: más libertad, más poder de decisión, que no haya nada que me diga cómo he de vivir mi vida ni en qué debo aprovechar o perder mi tiempo. Que mi única preocupación sea estar más en el presente y no con la cabeza en problemas que no tienen sentido ni solución. Que mi única preocupación sea poder compartirme allí donde sea bien recibido.

¡Qué alegría dar y que quieran lo que das! Quiero que mi vida sea solo eso y nada más. Una libertad a la que solo se puede llegar soltando. Soltando ideas antiguas, creencias absurdas, creencias que oprimen. Soltando la propia falsedad y la máscara que he llevado para agradar a quien no le importo lo más mínimo. A quien no le importan mis sueños ni mis inquietudes. A quien solo le importa lo que puede obtener de mí o me ve como un baremo con el que medir su mediocridad.

Es habitual que, en un mundo sustentado por mentiras, el interés genuino brille por su ausencia. Como también es obvio que, en ese mismo mundo, serán pocos los que tengan el coraje de abanderar la verdad, su verdad. Pero no te puedes esconder debajo de una piedra: parte del trabajo de estar aquí consiste en aprender a lidiar con ellas.

A veces, la tendencia será condenarlas; otras, simplemente te parecerán un chiste. Desde luego, suscribirlas no ayudará a nadie. ¿Qué haría yo entonces? Respetar a la persona que decide mentirse, o sea, respetar su decisión, sin por ello respaldarla.

Alguien te contará una mentira que reconocerás a la perfección porque estarás en un punto en el que ya no podrías mentirte de esa forma. En ese momento tendrás la tentación de exponerla, lo cual puede ser recibido como un ataque directo por esa persona y poner en marcha todo su sistema defensivo. Con él generará aún más mentiras para justificar o tapar la que has intentado exponer. Algo que no te llevará a ningún sitio, aparte de a un conflicto o a la incomodidad de ambos.

La otra opción que tienes es escucharla, reconocer lo que es e ignorarla. Dejarla estar, dejarla pasar. Quien quiere verdad te preguntará por ella, pues tal será su deseo. Y el que no la quiere la esquivará a toda costa.

Uno debe respetar la decisión del otro de mentirse bellacamente. Con el tiempo, la verdad se juntará con la verdad, y el que cultive verdad en sí mismo también la buscará fuera de sí. Buscará relaciones auténticas y aborrecerá aquellas en las que le mientan por costumbre, por lo sumamente vacías y cargantes que le resultarán. Se aburrirá de escuchar mentira tras mentira y las aborrecerá tanto como aborrecerá las múltiples formas de la infelicidad que se desprenden de ellas.

Hoy en día, cuando veo un poco de verdad, me resulta sumamente motivador. Es un rayo de esperanza que penetra entre tanto absurdo. Algo que contemplo felizmente.

¡Qué bonitas las verdades que son como el agua clara!

¡Qué hermosos sus aleteos!