Siempre cayendo por un pozo. Y cada vez que parece que estamos a punto de asomar la cabeza y hallar algo de orden, algo de paz, ocurre un imprevisto que azota toda ilusión, toda esperanza. Y volvemos a caer una vez más. Y vuelta a empezar: el eterno castigo de Sísifo.
Vivimos en un mundo increíblemente caótico, increíblemente contradictorio e increíblemente odioso. Mires por donde mires, solo hay gente odiando a otra gente porque esta defiende ideas que amenazan su sustento, su forma de vida actual, a la que se agarra con uñas y dientes porque su vida y lo que cree que es su felicidad dependen de ello.
«Ellos o nosotros»: la eterna consigna del conflicto. «Solo puede quedar uno si queremos orden y paz». ¿No es acaso este pensamiento el que asegura que el conflicto y la muerte jamás terminen? Ellos o nosotros.
Lo chistoso del asunto es que ese «ellos o nosotros» sirve para defender una pequeña parcela de una miserable existencia. De vidas vacías y corruptas. De vidas desprovistas de Amor. De vidas de odio. El que quiere tan poco de la vida no hace más que defender su propia tumba.
La mente que solo es capaz de concebir la fractura solo es capaz de concebir el «ellos o nosotros», y con esto se asegura el puñal en el corazón y su continuo dolor.
Hay una cosa en la que nadie cree y a la que costaría lo indecible dar crédito: que es solo en su mente donde realmente se origina el mundo que ve. Y es únicamente su mente la que lo sostiene y lo recicla.
Nadie creería que la salida estuviese única y exclusivamente en dejar de creer en él: en todo eso que ve en él y detesta profundamente. En dejar de poner su vida y su energía en defenderse de ese mundo amenazante.
Yo, que soy un loco y un psicótico, que lucho contra sombras, que me defiendo de ellas, hago de ellas gigantes que me atenazan. Huyo de mi propia mente, de mis propios pensamientos, y construyo profundos búnkeres en ella para protegerme de ella y de mí mismo.
¡Oh, Dios mío! ¡No hay salida!
Qué curioso destino el de los temerosos, que cada vez se enjaulan más a sí mismos. Ya pueden tener las mayores fortunas del mundo, que siguen siendo prisioneros de enormes miedos y de enormes tormentos. ¿Quién podría encontrar una salida cuando sigue cavando un pozo tan hondo en su propia mente?
El miedo, que es una locura, solo conduce a una mayor locura. Por eso este mundo es un mundo de idiotas que huyen de sí mismos.
Es un gallinero de descerebrados que, creyéndose orangutanes, corren en cuanto sienten su filo. La paz es un imposible si en tu mente hay un resquicio de miedo, de odio o de condena.
Al que no está en paz consigo mismo solo le queda la huida.
Sigue corriendo y asegúrate de nunca hallar la salida.