En la casa de al lado vivía un chico que tenía miedo de no llegar a ser alguien, pues había nacido con el deseo oculto de destacar. Tal era su deseo que, ya de mayor, seguía soñando que volvía a la escuela para brillar allí donde antes había sido uno más.
En ninguno de esos sueños lograba su objetivo. Eran como aquellos otros en los que se lanzaba a correr sin apenas poder avanzar, como si enormes y pesadas cadenas lo estuviesen reteniendo. Estaba inmerso en esa eterna búsqueda del logro, fantaseando con que algún día, al levantarse, se diría a sí mismo: «¡Ahora sí! ¡Lo conseguí! ¡Soy alguien! ¡Soy valioso!».
Era tan frágil…
Tan vulnerable…
Era la casa de paja del cuento de los tres cerditos, esa que el más leve soplido podía derribar, pues se había construido a sí mismo a partir de capas y capas de ilusiones. En ninguna de ellas encontraba la felicidad que buscaba ni aquello que lo hubiese convertido en una sólida casa de ladrillos a prueba de tempestades.
Temía cualquier imprevisto que pudiese llegar y derrumbarlo; a veces, algo tan insignificante como unas palabras.
Un día, ya harto de seguir escondiéndose de sí mismo, decidió construir frente a su casa un hermoso jardín sin verjas ni límites. Empezó a plantar en él todo lo que había estado escondiendo y a ofrecérselo a todo aquel que pasaba por delante. Allí mismo comprendió que el logro que había estado buscando nunca había significado nada.
—¡Qué jardín tan bonito! —dijo alguien.