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Mi casa ya no es mi casa

Mi casa era un lugar pacífico, armónico y organizado. Era un verdadero hogar. Un sitio donde me sentía protegido. Un sitio acogedor. Un sitio alegre donde todos mis invitados reían y se sentían igual de a gusto que yo. Ellos también se sentían como en su propia casa. Recibían los cuidados que ese hogar me brindaba y los agradecían tal y como yo lo hacía.

Por eso no dudaban en regresar cada vez que los invitaba. Era lógico: al cruzar esa puerta no encontraban problemas, sino felicidad. Era una casa donde siempre se hablaba de proyectos y sueños, cada cual más loco que el anterior. Nos reíamos de nuestra propia locura. Sin embargo, siempre era divertido soñar. Imaginar cosas inalcanzables, aunque preciosas en su intención: deslumbrantes finales alternativos.

Este, sin duda, era un lugar de preciosos intercambios. Allí todos estaban deseosos de dar y recibir. De jugar a poner un ladrillo sobre otro y contemplar el resultado.

No obstante, como en cualquier buena historia, hubo un giro inesperado de los acontecimientos: apareció un invitado imprevisto. Por supuesto, lo atendí con buena disposición, igual que hubiese hecho con cualquier otro, aunque, por alguna razón, no parecía ser suficiente. Se lo veía tan incómodo que empecé a dudar de mí mismo y del hogar que con tanto amor había construido.

«Quizás no sea tan acogedor como creía», pensé.

Así pues, le pregunté si había algo que pudiera hacer para que se sintiese mejor. Comenzó a hacer sugerencias, una detrás de otra. Una lista interminable de ellas. Entonces, inocente de mí, empecé a cambiar los cuadros y los adornos, hasta el punto de que mi casa ya no lucía como siempre y yo había dejado de sentir la paz que mi antiguo hogar me brindaba.

En cambio, mi invitado parecía sentirse muy cómodo con todos esos cambios, pues ahora ya se lo veía sonreír. Quizás porque había logrado lo que había venido buscando: dejar de ser el invitado para convertirse en el anfitrión.

Aquella casa ahora reflejaba su identidad en vez de la mía, y yo había pasado a estar a merced de su voluntad en lugar de honrar mis deseos. Había sustituido mis deseos por el miedo a incomodarlo. Cada vez me sentía más perdido y entendía menos cómo había llegado a esa situación: una en la que ya no podía ser yo mismo en mi propio hogar.

Me iba sintiendo más deprimido a medida que la sensación de esclavitud me asfixiaba, pues mi casa había pasado de ser un hogar a una cárcel. Mi casa ya no era mi casa y yo ya no era yo. Llegó un momento en el que de lo único que estaba seguro era de mi infelicidad.

Aquellos días en los que reía con mis antiguos invitados habían pasado a la historia. Ahora parecían más bien un bonito recuerdo lejano.

Sin embargo, llegó un punto en el que reconocí con claridad aquella situación desagradable e indeseada y me vi obligado a enfrentarme a sus deseos. Así fue como, sin pedirle permiso, volví a colocar los cuadros y los adornos que siempre me habían gustado. Esto borró su sonrisa inmediatamente, aunque ya no me importaba demasiado, pues estaba decidido a recuperarme. A recuperar mi antiguo yo y su antiguo hogar.

Finalmente, dejó de sentirse primero como el anfitrión y después como el invitado, y terminó marchándose por donde había venido. En una casa que pretendía ser pacífica solo podía permanecer una única voluntad.

La suya era la del miedo y la mía, la de la felicidad.