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Más fuerte que una roca

Hay un punto en el que sé que he de renunciar a algunas ideas que me están sometiendo, que me están condicionando. ¡Y cuán alejadas de la verdad están, y cuán alejada está la verdad de cualquier cadena!

Soy consciente del aferramiento, del que se produce por simple miedo. Y, si sigo sosteniendo un miedo, ¿cómo podría yo liberarme de él? ¿Cómo podría ser yo libre?

Sé que es un juego al que debo aprender a jugar. Uno en el que intercambio cartas. Uno en el que la carta que más me cuesta soltar es la del bufón, la del comodín, con la esperanza de reservarla para una última jugada maestra. Así, por seguir teniendo miedo, dejo de recibir la carta realmente valiosa que debería llegar a cambio de esta.

Sin embargo, como no estoy totalmente ciego, vislumbro aromas de libertad, vislumbro paisajes de luz. Y, gracias a ellos, sé que merece la pena soltar las anodinas cartas que son únicamente formas de yugo.

Transito libre y despreocupado por un sendero de montaña. Vistas al mar. Las yemas de los dedos de mi mano izquierda saludan a flores y espigas. Una ramita en la mano derecha da ligeros golpecitos en mi hombro. Tarareo una canción. Día soleado, aire fresco, brisa fresca. ¡Qué increíble sensación de seguridad en la serenidad más absoluta!

Como atisbo adónde voy, sé que no estoy totalmente perdido. Sé lo que quiero y sé que es algo tan sencillo y difícil como soltar todo aquello que no deseo.

Y, cuando veo esa imagen, comprendo cuán esclavo es el mundo de sí mismo y cuán absurda es su esclavitud. Cuán estúpido por atesorar deseos que le son completamente ajenos.

Entonces recuerdo que he de ser más fuerte que una roca y más flexible que el bambú para encontrar mi rincón en esa ladera soñada que se eleva lentamente hasta el mismo Cielo.