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Lo que me falta por perdonar

Hay cosas que veo ahí fuera que condeno con fervor y otras que no me alteran en absoluto. Las que condeno intensamente suelen ser ideas que me hablan de mí mismo. Por ejemplo, en mi caso, una de ellas podría ser la soberbia. No necesariamente la condeno porque no entienda cómo se da y qué mecanismos la ponen en marcha, sino porque quizás aún se da en mí de manera inconsciente. Aquello que uno señala agitando el dedo con frenesí puede estar especialmente presente en uno mismo, aunque aparezca en otros contextos.

¿Cómo llegué a esta conclusión? Por simple observación. El otro día vi un vídeo de un señor que condenaba algo que le repugnaba y le revolvía las tripas: la actitud de unas jóvenes que criticaban o se burlaban de un barrio pobre. Me sorprendió que él lo condenase como si aquello supusiese el fin del mundo y que, en cambio, para mí no fuese gran cosa.

Su crítica me parecía tan contradictoria como que alguien se quejase del ruido al transitar por una calle muy concurrida. Quien entendiese por dónde está pasando no se pondría a protestar por algo intrínseco al lugar. Y, si el ruido le resultase un gran problema, lo lógico sería que revisase su necesidad de ir a sitios que lo incomodan.

Eso que él criticaba con ahínco yo lo veía de forma neutra, porque no me parecía que mereciese mi atención. Y, si alguien me pidiese una valoración, lo calificaría de ridículo o chistoso, porque entendería que la actitud de las chicas simplemente hablaba de una gran mediocridad interna y que el problema realmente lo tenían ellas.

Cuando entiendes ciertas cosas, dejas de sorprenderte y de condenarlas. Sin embargo, aquí viene la gran clave: a veces, aun entendiéndolas, siguen despertando esa condena. Quizás porque también se encuentran en ti, aunque se manifiesten de otra manera.

Uno puede estar condenando aquello a lo que también se ve arrastrado, aquello que lo encadena. Al señalarlo fuera, quizás esté señalando su propio estado de inconsciencia o su propio ego.