¿Puede alguien hacerte feliz? No, no puede, porque la felicidad es una capacidad interna. Solo puedes alcanzar la felicidad por tu propia cuenta.
Si eres «feliz» a consecuencia de otro, significa que el otro está sometido en algún nivel, ya sea de forma más evidente o más sutil. Por otro lado, quien pretende hacer feliz al otro queda atado mediante la culpa que implica un suministro constante de estímulos para «mantener» su nivel de felicidad.
Esto, a su vez, representa la renuncia a la felicidad del dador, así como un claro sistema de esclavitud y de renuncia a la propia voluntad. El dador nunca podrá cumplir con el suministro ni con las expectativas: se sentirá siempre frustrado, mientras que el receptor se sentirá siempre engañado y decepcionado.
Esa es la fórmula con la que obtienes una relación de daño e insatisfacción mutua, que puede manifestarse de forma más o menos notoria.
Además, obtienes una felicidad extremadamente volátil, que siempre está pendiendo de un hilo, lo que, a su vez, te coloca en un estado de temor y ansiedad constantes; es decir, bajo una amenaza permanente contra tu paz.
¿Esto significa que es mejor no tener compañía o pareja? No. Lo que significa es que no puede existir una relación completamente sana si las dos personas no se han completado previamente; es decir, si no son ya felices por sí mismas y su felicidad no depende del otro y, por tanto, no está sometida a condicionamientos.
Esa es la auténtica cara de una relación plena: la de dos personas que no necesitan completarse mutuamente y que, desde su independencia emocional, comparten su felicidad, añadiendo más felicidad a la propia.
Esa es la única relación sana que puede existir en el sueño divisorio del ego.