No suelo conmoverme, pero a veces oigo palabras que son verdad, que son completamente ciertas. Que son templo. Palabras sagradas. Palabras que logran agrietar la piedra de mi corazón y mover algo en su interior.
A veces oigo palabras capaces de traspasar lo sólido, lo macizo. Palabras que, en un pasado no muy remoto, no habrían logrado regar la semilla que se encuentra en lo profundo de mi ser y que ahora, sin embargo, conectan con algo en mí de una forma tan poderosa que no puedo evitar emocionarme al escucharlas.
Yo, que sigo siendo un vanidoso, aún siento vergüenza al mostrar esas emociones, pero, sin duda, prefiero esa humillación a estar muerto en vida. Prefiero que algo cale en mí a no sentir la luz que se derrama sobre todas las cosas. Prefiero reírme del cínico y de su miedosa mirada.
Sé que esas palabras siempre son una forma de reconocimiento. De reconocer una verdad largo tiempo olvidada.
¿Qué me hace estar seguro de su veracidad? Sentirlas como un terremoto que hace temblar la estructura de la casa en la que vivo. ¿Qué otra cosa puede ser Verdad sino aquello capaz de derrumbar lo rígido? ¿Qué otra cosa puede ser Verdad sino aquello capaz de sacarme de la cárcel en la que vivo?
¡Dime qué otra cosa sino la Verdad puede llevarte más allá del cínico y de su inmunda demencia!
¡Quiero romperme en trocitos y esparcirme por el infinito! ¡Quiero que cada latido sea el mío! ¡Que cada sueño sea el mío! ¡Que pueda abrazarlos como si en verdad fuesen míos!
Quiero renegar de esos tristes barrotes y de la triste mirada que se esconde, esquinada, en su penumbra.
¡Quiero ser, en Verdad, libre!