¿Qué es la comparación? Es el origen de todo mal y el mezquino principio con el que el ego consigue separar y confrontar todo lo que debería ser uno.
Es querer medir el valor de uno en relación con el valor que se le asigna a otro: en relación con su «belleza», su estatus, su riqueza, su popularidad, etc.
Cualquiera de estas medidas justifica una feroz e ilusoria competición. Todo ello para alcanzar la cúspide de algo desde donde poder mirar por encima del hombro a los demás. Para conquistar un lugar solitario donde no crecen flores.
Obsesionados con una posición que les impide percibir cualquier forma de amor. ¿Cómo se podría amar aquello que se está golpeando regla en mano?
Es ceguera y vacío. Un absurdo sinsentido.
Amasan fortunas y no tienen con quién disfrutarlas; o quienes se arriman a ellos nunca lo hacen por su persona, por lo que realmente son, sino por la mera apariencia y el estatus que les otorga estar a su lado. En definitiva, por una vana ilusión.
Se dice: «Dios los cría y ellos se juntan». El vacío busca el vacío. La apariencia busca la apariencia. Después, una ristra de lamentos de quienes nunca se miraron al espejo para descubrir qué estaban ofreciendo.
No es que quienes viven desde ese oscuro lugar no tengan nada que entregar, sino que el gigante del orgullo los está pisando y sus manos defendiéndose ocupadas están.
Se condenan y se privan del amor real: aquel que mira más allá de las apariencias, de lo vacío e insustancial.