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Ver unidad

Sigamos profundizando en la visión porque, a fin de cuentas, todo el camino es para llegar ahí. Esa visión es la percepción más fidedigna de la verdad por la sencilla razón de que percibe la realidad como una sola.

¿Y cómo podría ser esto? Yo lo imagino como si te pusieras unas gafas con lentes doradas. Al tenerlas puestas, los bordes de las cosas se desdibujarían, haciendo que fueran algo borrosos. Luego, la profundidad de las cosas desaparecería, como si hubiesen eliminado el efecto 3D de tu visión y, por lo tanto, como si todo estuviera sobre una única superficie. Podría ser algo parecido a ver una malla dorada o un cuadro de luz.

¿Y qué estaría mostrando esa visión? Que nada está separado de nada. La percepción fragmentada de la realidad se habría unificado.

Lo opuesto a esa visión es lo que ves ahora: un montón de cosas inconexas a las que se les da un nombre individual, y ese nombre las define y les otorga un significado específico. Algunas de ellas tienen su propia voluntad, que es ajena a la tuya. Y justo en ese punto empieza el juego.

Adivina, adivinanza: ¿cómo se llama el juego? Se llama «tú o yo». ¿Y cómo no se llama nunca? «Nosotros». ¡Qué casualidad! El puñetero juego nunca se llama «nosotros». Jajaja.

¿Y a qué juegan esas voluntades? A juegos de sometimiento: ahora me toca estar encima, ahora me toca estar debajo.

—¡Pero es que quiero tener razón!

—Claro, quieres jugar a estar por encima… Quieres jugar el papel del rey, el papel de «todos tienen que obedecer mi voluntad o, si no, no respiro». Jajaja. ¿No me obedeciste? Tranquilo, te incluiré en una lista interminable de excluidos que tengo justo aquí. Jajaja.

«Si quieres mi amistad, tendrás que besarme los pies», piensan muchos de ellos. ¡Y cuán alejado está eso de cualquier atisbo de Amor!

En definitiva, el juego siempre, siempre es un conflicto de voluntades. Y si siempre estás en conflicto con todo, ¿cómo no estás ni estarás? En paz, obviamente.

Ahora suma todos los pedacitos del cristal que se rompió en una infinidad de fragmentos…

—¡Buf, es que son demasiados!

—Tienes razón. Solo imagina que el cristal nunca se rompió y que estás soñando su rotura.

—¡Esa idea me gusta más!

Puedes elegir ver unidad en todo, sobre todo cuando te sientes muy alejado de quien tienes delante, cuando crees que está en tu contra y solo estás viendo a otro que es tan invidente como tú.

Es obvio que, bajo esa visión unificada, los conflictos dejan de tener sentido. Ya no hay dos voluntades, solo unidad. No tengo que luchar contra ti porque tus intereses son los míos y los míos son los tuyos.

¿Y cuál es el único interés que puede realmente unirnos? El de estar en paz el uno con el otro: un puente de luz perfectamente construido.

La visión es una elección. Es algo que se elige y, cuanto más se elige, más probable es que se dé y se abra. Es más probable que germine una semilla que fuiste regando que una que ignoraste por completo…

Y aquello que no tenía sentido alguno vuelve a tenerlo porque descansa en una Unidad absoluta, en un Amor absoluto, en una Verdad absoluta. Algunos lo llaman Dios; otros, el Ser. El nombre no importa porque lo que es infinito no se limita de ninguna forma.

Ese estado es tu Yo infinito. Ese estado es la verdad última.