La liberación del mundo se basa en la modificación de tus creencias. Cuando un individuo tiene una fuerte convicción en algo, modifica las creencias de su entorno, y lo que antes no parecía posible se convierte en una certeza.
El mundo que ve cada uno de nosotros es producto de nuestras creencias. Y las creencias de uno no están separadas de las creencias de otro. Cuando uno empieza a ver o a experimentar algo diferente, «fuerza», de algún modo, la modificación de las creencias del otro; o sea, modifica la forma en la que su mente concibe —crea— la realidad externa.
Por esta razón, la salvación siempre es conjunta, tan conjunta como unidas están todas las mentes. Uno podría pensar que puede ocultar sus pensamientos, pero es imposible porque lo que no expresan sus palabras lo hacen sus gestos: su forma de hacer o no hacer.
No hay nada oculto para el que abre los ojos, para el que empieza a considerar lo externo como propio, para el que empieza a considerar lo «ajeno» como parte integral de sí mismo.
Cuando alguien quiere ver al otro, es decir, entenderlo a un nivel profundo, lo ve venir de lejos porque hace tiempo que ha sido capaz de descifrar sus intenciones y sus motivaciones profundas. También entenderá en qué desembocan sus deseos y, por lo tanto, cuáles serán las consecuencias asociadas. Con todo ello, sabrá, a grandes rasgos, en qué consiste el mundo que contempla el otro.
El que ve, ve un libro abierto y accesible. Y como ve, entiende; y como entiende, deja de condenar y atacar lo que antes no entendía. Por ello, el aprendizaje es un requisito indispensable para alcanzar la paz.
Por ejemplo, si alguien quiere ser el centro de atención, se sabe que hará todas las payasadas habidas y por haber para lograrlo. Si alguien quiere ser el centro de atención, se sabe que necesita suplir unas carencias enormes que exigen que el otro lo vea, lo considere y le muestre estima. También se sabe que esa necesidad exacerbada es una muestra de falta de amor propio.
El que se autovalora, lo que significa que se siente amado y protegido por sí mismo o por la figura de Dios, diluye enormemente esa necesidad. No significa que no le guste la atención; significa que no lo condiciona ni lo obliga a ponerse la nariz de payaso para obtenerla. La acepta y la agradece cuando surge de forma natural.
Cada persona que decide salvarse deja tras de sí una serie de ideas que cancelan o anulan otras propias del mundo material; ideas que antes lo sostenían con firmeza y hacían de él algo inamovible. Una de ellas es la falta de amor percibida, por la cual se libran todo tipo de guerras, se traiciona, se cela, se envidia y se desea y ataca lo ajeno.
Esa idea crea un estado de carencia constante en la mente; y el que carece busca, busca desesperadamente y termina por aceptar absurdos nacidos de su propia desesperación. Absurdos que lo mellan y desgastan continuamente y que se traducen en un malestar constante. Luego, ese malestar se extiende y repercute en su entorno.
Por todo esto, no hay ninguna decisión individual aislada. Todos formamos parte de una red interconectada cuyos integrantes se influyen mutuamente. No hay absolutamente nada que hagas que no afecte al otro de alguna manera, ni nada que haga el otro que no te afecte a ti.
La salvación de un individuo es fundamental para que el otro pueda ver el mundo de otra manera, para que pueda soltar ideas limitantes y problemas insustanciales, para que pueda soltar contradicciones y absurdos, todos ellos aniquiladores de un estado de paz sostenido y duradero.
Es obvio que la paz del mundo nace de la paz del individuo. Y es necesaria una paz sostenida e inamovible para que el mundo no pueda quebrantarla y para que esa misma paz sea un catalizador capaz de disolver conflictos que carecen de cualquier sentido.
En última instancia, ningún conflicto tiene sentido, porque siempre existe la posibilidad de que dos que antes se estaban matando pasen a ayudarse mutuamente. Y el mundo es 2 × muchas, muchas veces.
Somos uno porque nuestras ideas se influyen mutuamente y se confrontan hasta encontrar la paz y la unidad, que las sintonizan en una misma frecuencia. Algo que ya se da aquí, en la aparente separación y división; no se diga en Dios, que es un estado mental completamente indiviso y libre de conflicto.