Música ambiente
Music by AtlasAudio from Pixabay

Una flor para un zombi

Una imagen que describe a la perfección este mundo es una horda de zombis: muertos vivientes sin corazón que apenas son capaces de sentir amor y de mirar al otro por estar demasiado centrados en ellos mismos, con la cabeza agachada, mirando sus pies, pendientes únicamente de sus dolores, de sus interminables quejas y penas.

De esa forma, sus mentes solo son capaces de divagar en sus propios mundos cerrados, a la vez que sus pies arrastran sus cuerpos sin rumbo alguno. Hay imágenes que producen cierto morbo y, quizás, detrás de ese morbo se esconda un atisbo de verdad, por lo que resultan de alguna manera atrayentes.

Este cuadro en concreto representa un conjunto de descerebrados con la inteligencia justa para moverse y perseguir un único objetivo: comerse al que es distinto de ellos, o sea, al que está vivo en comparación con ellos.

Quizás, mientras lo devoran, sienten por un instante que su vida regresa. Eso se parece a lo que siente quien se cree vivo por un momento mientras escupe su odio, sin pararse a pensar si lo que está haciendo tiene algún sentido. Pero, claro, ¿cómo podría pensar alguien que solo tiene en mente aniquilar? Para tal propósito no se requiere ningún tipo de razonamiento.

Así, una parte del mundo fantasea con el exterminio para que aquellos que sienten que no son nadie y están completamente huecos por dentro tengan la oportunidad de ser los nuevos elegidos. Desean fervientemente que el que parece estar vivo —el que es feliz— muera y que la figura de los zombis se exprese externamente para dejar ellos mismos de serlo y sentir unos instantes de intensa vida. Quieren poder sentir algo en sus corazones ya muertos.

Muchos satisfacen esas fantasías dentro del mundo del ocio y quizás eso calme su insatisfacción por un rato, así al menos logran jugar o fantasear con ello.

Sin embargo, siempre hay alguien que no se conforma con fantasear y da rienda suelta a su oscuridad. Algunos se llevan las manos a la cabeza sin reconocer que esa misma raíz también les pertenece.

Entonces, un zombi le pregunta a otro:

—¿Cómo puedes seguir andando sin corazón?

El chiste es que el zombi que pregunta nunca se le ocurre mirarse al espejo. Si lo hiciera, se deprimiría inmediatamente y se daría cuenta de que está muerto, de que está roto, de que es nada disfrazándose de algo.

Sin embargo, si se calma y se para a pensar durante un rato, también se da cuenta de que algo de vida debe existir dentro de él porque, de lo contrario, no habría movimiento. Así, decide desprenderse de todo lo que está muerto hasta llegar al núcleo, hasta llegar a aquello que lo sostiene. Si lo encuentra, vuelve a ser feliz porque se descubre vivo y valioso.

Esa búsqueda se convierte en su forma de renacer, de dejar de ser el zombi o el hombre de hojalata. Cuando lo hace, el mundo de ahí fuera sigue siendo lo que es: muerte andante. Siguen existiendo zombis que piden un corazón, que piden una flor que despierte algo en ellos.

Como él ahora tiene uno, cuando le nace, lo comparte. Como él ahora tiene uno, no se queja de que el surco no le ofrezca nada, sino que, cuando le apetece, planta en él para ver crecer una bella flor.

Pedir a lo hueco que te dé es no entender.

Quejarse de que lo hueco no te dé es no entender.

Plantar o no plantar en lo hueco es tu libre elección.