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Tu camino

No intentes quitarle el sustento a tu querido hermano. No intentes arrebatarle lo que ha labrado con sus propias manos. No necesitas estar en todo ni el Todo necesita que lo estés. Basta con hacer poco y que lo poco que hagas sea valioso. ¿Qué más podrías desear?

Alguien va al río y saca una pepita de oro, y pronto llega una muchedumbre para rebuscar en el mismo lugar. ¡Cuántas cosas importantes se quedan por hacer y cuánto tiempo pierden todos los que dejaron su labor principal a medias para rebuscar donde no podían encontrar lo más esencial: su propia fuerza, su propia valía, su propia expresión!

Yo llamo a esto «perseguir sombra ajena», pero bien podría llamarlo «renunciar a la propia voluntad».

Si todos decidiesen escuchar, el mundo podría funcionar con una precisión singular, ya que, más allá de él, están el Gran Arquitecto —el «buzo celestial» del cuento— y su plan.

No fue él o ello quien fabricó este mundo, pero es quien se encarga de reorganizarlo. Quien puede hacerlo por estar en todos a la vez. Quien puede darle sentido al caos y proveer lo necesario para su cohesión.

El problema fundamental de la mente limitada o cerrada es que solo tiene en cuenta las cartas que hay sobre la mesa. No entiende que el infinito tiene el poder de cambiar la mano introduciendo otras nuevas cuando así se requiera. Esas cartas ocultas son senderos inéditos e inesperados.

¿Y quién podría encontrar su valía recorriendo el camino de otro o estando pendiente de lo ajeno?

El camino de otro no es para que tú lo sigas; a lo sumo, puede darte la fuerza o la motivación necesarias para iniciar el tuyo, ese que fue diseñado especialmente para que tú pudieses recorrerlo con pleno éxito.

Así pues, ¡que se abra en ti la fe y, con ella, la posibilidad de acceder a lo trascendental! Para cuando tu llama esté encendida, ya habrás iniciado dicho camino sin darte cuenta, pues, al final, lo único que requiere de ti el Cielo es tu voluntad.

Todo lo demás, Él te lo da.