¿Cómo se logra la salvación y se perdona al mundo? Cambiando el foco. Si te centras en los errores del otro, jamás verás y, sin esa visión, tampoco te salvarás. Sus errores son los tuyos, y los errores que más te duele ver son los que están más afianzados en ti. Criticas y atacas brutalmente todo aquello que ignoras en tu propia naturaleza.
Por esta razón, cuando decides no pasar por alto los errores del otro, tampoco los estás pasando por alto en ti. Te condenas a ti mismo y no eres consciente de ello. Detestas el reflejo que te muestra el espejo. Solo que el otro es el espejo y el reflejo que ves es el tuyo.
¿Y qué sucede cuando empiezas a pasar por alto los errores del otro, lo que equivale a perdonar la imagen que ves en el espejo? Que llega un momento en el que te parecen tan y tan absurdos que te «mueres» de la risa al verlos.
La risa es un síntoma de que estás empezando a ver. Caminarías por este mundo con una sonrisa en la cara porque lo «malo» te parecería un chiste y lo «bueno» lo seguirías abrazando tal y como ya lo haces ahora. Serías un loco, sí, pero un loco completamente feliz. ¿Qué importa?
¿Y qué sucedería cuando, a base de intención, de buena voluntad y de práctica continuada, fueses capaz de pasar por alto los errores que vieras en otros? Que verías belleza, y no una belleza cualquiera, sino una apabullante belleza. Si quisieras ver esa belleza, no te quedaría de otra que perdonar los errores de su portador.
Ver esa belleza es ver lo que realmente siempre ha estado ahí, pero que eras incapaz de ver porque habías puesto el foco en lo que realmente no estaba. Hay dos percepciones o cuadros puestos ante tus ojos. Te los están enseñando simultáneamente y tú estás eligiendo cuál de los dos quieres ver.
Cuando ves uno de ellos, no entiendes nada. No tiene ningún sentido. Lloras sangre y se revuelven tus intestinos. Hay quienes son incapaces de soportar tanto sufrimiento y, para protegerse de él, se insensibilizan, se anestesian, se drogan, etc. Llegan a tal extremo que muchos se convierten en piedra. Ni sienten ni padecen y están totalmente bloqueados. Necesitarían un rayo o una epifanía para partir esa piedra y volver al mundo en el que deben volver a elegir.
Cuando ves el otro cuadro, te sientes vivo porque ves sentido, belleza y plenitud. Te vuelves uno con lo que ves y lo abrazas con todo tu corazón.
Cuando uno decide corregir sus errores, está eligiendo corregir sus errores de percepción e interpretación de la realidad percibida. Uno no busca corregir sus errores para agradar a nadie. Los corrige porque hacerlo le hace libre y feliz. Los corrige mayormente en su propio beneficio porque la otra forma de ver le desgarraba y le hacía profundamente desdichado.
El que quiera podrá seguir ciego y dormido, pero tú estarás vivo porque verás y experimentarás maravillas.
Ahora imagina que has sido capaz de pasar por alto los errores que veías y, como consecuencia de ello, ves el cuadro que muestra belleza. ¿Con qué ojos estarás mirando ese cuadro? Con los ojos del Amor. ¿Y qué hace el Amor de forma natural, porque es su naturaleza? Dar Amor. ¿Y qué sucederá con el otro cuando reciba ese Amor por tu parte? Que se activará algo en su interior que llevaba mucho tiempo dormido.
Eso sí, no confundas pasar por alto los errores de alguien con permitir que ese alguien dicte en qué dirección debe soplar tu voluntad, porque son dos cosas muy distintas.
«La salvación está en la forma en la que se elige contemplar» es una afirmación literal.