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Saco de boxeo

De vez en cuando se estiran las alas del optimismo. Esas que quieren salir adelante. Salir de la rutina y probar cosas nuevas. Que quieren independencia, poder. Las que desean dejar de agachar la cabeza y volar libremente sobre el horizonte.

Tengo ganas de abrirme paso, de recuperar mi energía. De que no haya más merma, de estar activo, de radiar como el Sol. De que los caballos de mi voluntad tiren de mí con fuerza. De dejar todo el ruido del mundo atrás y encarar con pasión el reto. Yo y el reto. El reto y yo. Nada más.

¿Quién puede más? ¿Ya está? ¿Eso era todo? Son muchos los que ya he superado. ¿No sería ahora capaz de lograr lo que fuese? ¿No soy capaz de atravesar la noche? No me hagas reír.

Sí, he buscado palancas. Sí, he buscado dónde apoyarme y nada. ¿Y qué? ¿Me hacen un favor o solo se lo hacen ellos? ¿Quién sabe? No importa. Sea como fuere, la vida me dice: «Es tu juego, tendrás que montarlo por tu cuenta». ¿Se pone difícil? No importa. Diviértete.

Sé original, sé jodidamente original. Sé que una mente abierta es capaz de cosas que nadie espera, que nadie sospecha. También sé que la creatividad proviene de una legión. De lo infinito empujando por detrás.

No soy de esos que se chupan el dedo pensando que son genios cuando les llegan algunas ideas buenas. Sé que mi labor es agradecerlas y trabajar con ellas. Sé que puedo aprender a la velocidad de la luz y que lo único que se requiere de mí son mis ganas y mi valentía.

Sé que los caminos son sinuosos. Que las cosas nunca son tan fáciles como uno podría inocentemente fantasear. El tiempo de la inocencia estúpida se terminó. Si es A, es A. Si es B, es B. No nos engañemos más. No insistamos en cosas que no tienen ningún sentido. No nos desgastemos echando pan en sacos rotos. No es mi labor coser el saco. No es asunto mío.

Lo mío es reconocer donde merece la pena hacerlo. Ser suficientemente sabio para saber dónde sembrar. ¿Y dónde quedaría la inocencia? En la fe de que las cosas se pueden lograr. En lo milagroso. En que siempre hay un rayito de esperanza. En que el mundo juega a favor de los que se atreven.

Esa es la inocencia puesta al servicio de lo provechoso. Y no digo con ello que haya personas que no la merezcan, pero uno tiene que ser honesto y darse cuenta de que quizás no es su momento.

De todos modos, siempre le termino bajando dos o tres revoluciones cuando recuerdo que es solo un juego. No quiero irme sin haber jugado, sin haber disfrutado. Sin haber probado mis límites. Sin haber confiado en mí mismo. Lo contrario, en mi opinión, es otra triste vida más. Y lo sé porque llevo mucho tiempo viviéndola.

Sí, claro que fui dando pasos hacia adelante, pero aún me faltaban mucha confianza, mucho valor e ingentes cantidades de amor propio.

Aquello que no tenía en aquel entonces, la fe en Dios me lo ha dado ahora. No porque fantasee con la idea del elegido, sino porque estoy seguro de merecerlo. De merecer todo lo que siempre he deseado. De merecer un amor ilimitado.

¿Y qué pasa con el error? Puedo equivocarme. Incluso en muchas ocasiones tendré que hacerlo para aprender exponencialmente. A veces es el camino más corto. El que no se permite equivocarse no ha tocado ni siquiera el agua con la punta del pie; aún no ha empezado a jugar.

En cambio, yo estoy saltando de cabeza desde lo alto. Y seguiré haciéndolo porque quiero conocer al Amor en toda su dimensión.