La Vida es una sorpresa. Es el regalo que abres cada día. Es la impaciente espera en la Noche de Reyes y el encandilamiento de la mañana siguiente.
Ese estado de inocencia suele destruirse con extrema prontitud debido a una sobreestimulación insensata, carente de propósito y de Amor; el atiborramiento sin ton ni son. Cuando ya nada te sorprende, cuando nada te conmueve, el vacío de lo inerte te golpea de frente.
Ahí surge el cínico: el que ya lo sabe todo, el que ya lo ha vivido todo, el que no encuentra novedad en nada, el sumamente infeliz, el depresivo. Cada día se convierte en la repetición del anterior, el bucle de la marmota, la rueda del sinvivir. Sin inocencia no puede haber felicidad; una idea que debería estar tatuada en cualquier corazón.
La destrucción de la inocencia es, pues, la destrucción de la felicidad. La inocencia no es debilidad; es una enorme apertura para recibir. Y al que está dispuesto a recibir, se le da. El que está dispuesto a recibir espera con la impaciente impaciencia del niño.
Los inocentes tienen derecho a que todos sus días sean la sorpresa de un milagro porque son su divina herencia.