Nadie, por mucho que tenga o por mucho que haya conseguido, tiene más valor que nadie. Pero sí hay una cosa que puede marcar enormemente la diferencia entre unas personas y otras, y esa no es otra que su disposición. Las personas que consagran los instantes que comparten con otros tienen una disposición de luz y, por ende, sus interacciones tienen una calidad muy distinta.
A veces se trata solo de la atención que son capaces de prestar; otras, de pequeños gestos que pasan casi desapercibidos a la vista, pero nunca al corazón. Esas personas están tan abiertas que son capaces de adentrarse en tu corazón y en tus pensamientos. ¿Y por qué querrían hacer tal cosa?
Para darte gustosamente lo que anhelas.
Ellas quizás no hayan logrado nada destacable a los ojos del mundo, pero sin duda han conseguido algo mucho más importante y valioso que todos los absurdos venerados por los de la daga en el costado: poder ver más allá de sus propias narices. Más allá de sí mismas.
Quien logra tal cosa puede extender felicidad y, al haberla extendido, puede verla y experimentarla frente a sí y dentro de sí. Pues, como es afuera, es adentro. Puede crear una maravillosa esfera de luz en la que ondearla bajo una misma bandera. Yo, desde luego, no creo en el truncamiento de la felicidad. Creo en la felicidad que Es porque ha sido capaz de darse a sí misma. Y sí, para eso uno ha tenido que avanzar mucho y aprender mucho. Sobre todo, aprender a querer lo que uno mismo Es. Aprender a aceptarse tal como uno Es.
El Amor que uno no se ha dado a sí mismo no puede ser dado ni extendido hasta el infinito. La empatía real es la voluntad de ser Uno con el otro: no con su sufrimiento, lo cual realmente no le servirá de ayuda, sino con esa solución capaz de tapar el socavón de su pecho y evitar así que siga despeñándose por él.
La capacidad de ser feliz consiste en un continuo ejercicio de prestar atención, dar e integrar. Es un eureka constante. Es la fascinación por lo que acontece un instante tras otro.
El que no puede prestar atención no puede ser feliz.
El que, por triste cobardía, no puede dar, no puede ser feliz.
¿Y el integrar? En cuanto algo ha sido plenamente dado, ha sido plenamente integrado. Dar y recibir son simultáneos.
La falta de atención te impide ver.
El yoísmo te impide ver.
Las ideas preconcebidas te impiden ver.
Para Dar tienes que haber visto primero, pues quien no Ve no tiene nada que Dar. Para Ver tienes que estar muy atento y con el corazón abierto.
Estar despierto es sostener estados elevados de atención y percepción. Lo contrario es somnolencia. Lo contrario es la triste y desconsolada ceguera de quien se lamenta en sueños.
Ve y Da, Da y Ve, y al fin feliz serás.
No podrás despertar sin ella.
No podrás redescubrirte sin ella.
No podrás reencontrarte sin ella,
pues ella y la Verdad son eternamente Una,
y donde está la Una
no puede sino estar la Otra.