Música ambiente
Music by AtlasAudio from Pixabay

El pececillo

Era una obsesión que había durado muchos años. Regresaba en sueños una y otra vez, como el abrirse de un abanico. «¿Cuál quieres? Los tengo de todos los colores», parecía preguntarme el bufón que llevaba todo aquel tiempo burlándose de mí.

Todos ellos tenían algo en común: una sensación de paz. La misma que se produce cuando las cosas ocupan el lugar que les corresponde. Un corazón encajado en su perfecta hendidura. También se sentían como una liberación, como caminos alternativos que podrían haberse dado de haber tomado otro tipo de decisiones. Eran, sobre todo, sueños libres de culpa.

Me cuestionaba por qué, después de tanto tiempo y con nuestros caminos ya tan separados, ella seguía apareciendo en mis noches. ¿Qué necesidad había de tal cosa? ¿Era un recordatorio de un amor no perdido?

Fue probablemente unos pocos meses antes de que ese primer amor se fuese totalmente por la borda y de que se cometieran la mayoría de los errores posibles cuando recibí un regalo de su parte que duraría mucho tiempo después de la ruptura: un par de peces de colores.

Uno de ellos aguantó el tiempo necesario. Era como si supiera de mi asignatura pendiente. Así que, por azar o por fortuna, un día me crucé con una publicación suya en la que la felicitaban por su cumpleaños. Como, por mi parte, el rencor prácticamente se había agotado, opté por sumarme a esa felicitación. Ella respondió y aquello derivó en una conversación que nos conduciría a dar un paseo por la playa.

Creo que aquella cita sirvió para cerrar con broche de oro algo que había terminado en desastre. Averiguar cómo estaba tratando la vida al otro, recordar algunos momentos bonitos del pasado, pasar un rato en la playa, compartir algunas risas, una cena y mucho de nosotros mismos, sin juicios.

Una tarde especialmente hermosa de comprensión y liberación que culminó con la vuelta en coche, cantando a pleno pulmón. Un borrón y cuenta nueva, un volver a querernos completamente durante aquel efímero instante compartido. El eterno recuerdo que me acompañará.

Aquella fue la última vez que compartí mi tiempo con ella. A la mañana siguiente descubrí que el pececillo que había estado aguantando tanto tiempo había fallecido. Algunos creen que tener peces trae mala suerte, pero este estuvo todo ese tiempo conmigo para recordarme que me quedaba algo por hacer: mi primera gran lección de perdón.

En aquel momento no entendí completamente su significado, pero hoy sé que era un mensaje importante para mí.