Música ambiente
Music by AtlasAudio from Pixabay

El niño rebelde

Antes de entrar al turno de la tarde, le habían roto unas entradas a un parque de atracciones que había estado exhibiendo delante de sus compañeros de clase. De repente, uno de ellos decidió cortar el alarde, quitárselas de las manos y despedazarlas. Fue tanta la ira del chiquillo que se enzarzó en una pelea que siguió en su cabeza mucho después de estar ya sentado en su pupitre. La profesora dijo durante la clase:

—Pondremos algo de música, que eso amansa a las fieras —refiriéndose claramente al niño, al que habían tenido que amordazar para que no siguiese interrumpiéndola.

A todo esto, este nuevo conflicto suponía un nuevo parte en su agenda, que ya estaba llena de otras faltas y que él había estado amablemente firmando en nombre de sus padres durante bastante tiempo, lo cual descubrirían al asistir a la visita que la profesora también había solicitado.

Seguramente pasó por su cabeza que todo eso era demasiado injusto y que, a sus nueve años, ya estaba cansado de que la vida lo siguiera azotando de esa manera. Así que la indignación tomó sus pies al salir del colegio y pasó de largo su casa con la brillante idea de que se lo montaría por su cuenta, que le iría mejor de cualquier otra forma que seguir aguantando todos aquellos atropellos.

Su viaje comenzó por la tarde, a los pies del lado sotavento de la montaña que tenía al lado de su casa, y terminó, al caer la noche, en el lado barlovento. Dio así una especie de vuelta en círculo que transcurriría por algunas de las poblaciones colindantes de Barcelona. Algo que anticipaba que aquel plan no podría llevarlo demasiado lejos.

La montaña había dividido la escena en dos salas de cine: por un lado, estaban los vecinos del barrio y sus padres buscándolo desesperadamente; por el otro, el crío perdiéndose por la arboleda del otro lado de la montaña. En la primera sala, la película era sobre miedo, secuestro y muerte; en la otra, sobre aventura, insensatez y arrogancia.

Llegado un punto, el niño se dio cuenta de que realmente se había perdido. Empezó a oscurecer y la osadía se convirtió en miedo. Las lágrimas brotaron y rodaron por sus jóvenes mejillas hasta que sintió la imperiosa necesidad de pedir ayuda al viento. Un instante de rendición o de humildad que no dejó de ser atendido. Un rato después, encontró una senda transitable y se topó de frente con un señor. El niño debió pensar:

—Bueno, ya está. Lo peor ha pasado. Estoy a salvo.

Entonces preguntó al señor cómo podía salir de la montaña, ya que, en aquel momento, aquello era su mayor preocupación. El señor, extrañado por esa situación, le fue haciendo preguntas hasta que logró convencerlo de ir a una comisaría de policía cercana.

Cuando le tomaron declaración en la comisaría, el niño se agarró a su mejor versión de los hechos:

—Me perdí de camino a casa.

Era eso o reconocer que había tenido una pésima idea. Para entonces, el niño ya era consciente del follón que había armado y tuvo que construir una cadena de mentiras para intentar retrasar lo inevitable: el drama y el enorme castigo que le tocaría recibir. O sea, lo mismo de lo que intentó huir con el primer paso que lo llevó a embarcarse en aquella descabellada aventura.

Al final, toda aquella experiencia logró que se enderezara una rama que estaba creciendo algo torcida, y aquel niño pasó de un rojo estridente a un suave rojo pastel.