Le dio alas y le dijo cómo volar,
pero sus sueños eran suyos y no quiso escuchar.
Tenía tanto miedo de que se cumplieran
que prefirió apagarlos sin dar guerra.
Algunos prefieren un trágico final
a aquello que pueda depararles la verdad:
que se revele cruel y los traicione,
rozar con sus dedos sus anhelos
y luego verlos apartados en pleno vuelo.
Piensan: «Mejor no empezar ese trágico sendero.
Mejor sufrir un destino certero.
Mejor quedarse en el círculo del desespero,
mejor marchitarse lentamente en su agujero».
La poesía sobre los sueños truncados de la primera parte fue solo el preludio, la superficie. La verdadera espina dorsal de esta obra es la Voz. La palabra profunda, sonora, que se estira como un túnel hacia lo más hondo de nuestro ser:
La verdadera historia,
la realmente dolorosa,
habla del introvertido, del constreñido.
Del que habitaba en un mundo
asfixiantemente rígido.
Revela al mudo, al anulado,
a un cervatillo perdido.
Al que pasa por el camino
cuidadosamente desapercibido.
Al que siente que, en sus adentros,
nada merece ser compartido.
Pero algo rompe su silencio:
un ángel ha descendido.
Sus pasos ha elevado
y su garganta ha acariciado.
Uno que tuvo que morir
para que otro aprendiese a vivir
convierte la muerte en un regalo.
Porque el que vive ahogado no vive.
Es un triste ataúd de ecos,
un muñeco,
un títere.