Ya no quiero. Ya no me apetece. Hay caminos por los que he andado infinidad de veces que ya no siento míos. Ya no estoy dispuesto a renunciar a mi paz a cambio de baratijas. Ya reconozco dicho maltrato. Reconozco que solo induce a la pérdida. ¿Acaso me volví inteligente? No, quizás simplemente empecé a ser sincero. Empiezo a reconocer mis deseos más auténticos, así como a respetarlos.
No quiero ir hacia la miseria y revolcarme en ella. ¿Qué necesidad tendría de tal cosa si está justo al girar la esquina? No he de caminar demasiado para encontrarla. Son muchos los que se sienten atraídos por ella porque, al volver a casa, se sienten afortunados. Sienten que son menos miserables que la miseria que contemplan sus ojos. Vuelven a casa pensando que poseen algo de valor y solo trajeron consigo la mera y ciega comparación.
Pero yo, que la reconozco en todas partes, no necesito ir en su búsqueda. Sin embargo, donde realmente me preocupa encontrarla y debo admitirla es en mí mismo. No necesito ir hasta los confines del mundo para seguir engañándome. No necesito verla en el vecino para sentirme algo más afortunado. No necesito nada de eso. Esos ya no son mis caminos.
Sé bien cuál es la cara del miserable y la del gozo de sus entrañas reconcomidas al ver más miseria fuera que la que cree contener dentro. Hay semblantes que mi mente tiene perfectamente identificados y no son los que deseo para mi rostro. No son los que quiero para la cuna que me mece. No quiero que mi rostro, espejo de mi corazón, los refleje. Prefiero los pacíficos, los despreocupados. Los que son lisos como inmaculadas sábanas blancas. Recién lavadas. Recién planchadas.
¡Que mi rostro caiga en su paz, que mis manos sientan su ligereza! Antes no reconocía la falta de amor tan nítidamente como ahora, como tampoco las suaves brisas que lo acunaban. Ahora elijo caminar por donde no me pesa, por donde no me cuesta. Por caminitos hechos de algodón de azúcar que solo me conducen a una mayor riqueza.