Uno no debería intentar soltar a lo bestia porque es contraproducente. Las cosas que no tienen valor van cayendo por sí solas. Uno va comprendiendo su falta de valor y deja de desearlas. Cuando uno deja de desearlas, es libre porque ya no existe la cadena que lo ate a ellas.
Sin embargo, para que el deseo caiga completamente, tiene que producirse una comprensión profunda y no meramente superficial. Por ello, la teoría por sí sola solo sirve a los juegos de autoimportancia del ego. Si se va más allá de la teoría hasta alcanzar una comprensión completa, el ego se hace a un lado y enmudece, simplemente porque esa comprensión no está regida por sus límites y escapa totalmente de su férreo control.
El buscador honesto no busca teorías, sino experiencias que den sentido a lo teórico, pues sabe perfectamente que la experiencia está mucho más próxima a la Verdad que un conjunto de palabras que solo hacen lo humanamente posible para apuntar hacia ella.
Uno podría tener toda la teoría y querer liberarse de mil ataduras a la vez sin estar preparado para ello en absoluto. Y no lo estaría porque, para desatar el nudo de su mente, dispuesto de forma muy intrincada, necesitaría seguir una serie de pasos. En su desesperación por querer soltarlo todo de golpe para alcanzar ese estado «elevado» de consciencia, lo apretaría mucho más de lo que ya está en vez de aflojarlo. Ahí es donde el ego espiritual se vuelve tan fuerte porque, en vez de liberar, aprieta, volviéndose extremadamente vanidoso.
Precisamente por la necesidad de respetar esos pasos y ese desatar progresivo se requiere un «camino». Cualquier cosa que se quiera lograr requiere constancia, y la constancia solo aparece cuando hay una voluntad firme. Sin esa voluntad, no hay camino posible.
Los grandes logros vienen de la constancia unida a una disposición humilde, porque eso es lo que realmente requieren los nudos del mundo. Desde luego, no requieren vanidosos ni ególatras, sino gente que realmente esté dispuesta a realizar esa labor que exige tanta paciencia.
Tanto el Cielo como Dios son una constante eterna; por lo tanto, trabajar con ellos implica alinearse con su constancia y determinación.
La persona que realmente está en el camino se da cuenta de que no sabe nada y se ríe. Aun así, hace y dice lo que tiene que ser hecho y dicho. Luego se sigue riendo a medida que lo recorre y comprende las sorpresas que le aguardan.
Un camino de sorpresas es, a su vez, un camino de humildad y de inocencia.