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Tropezar con la misma piedra

Ahí está. Llegas, pides y no se te da. Tropiezas con la piedra. Te sorprendes. Te sientes contrariado. Al rato, si no lo dejas estar, llega el flujo de pensamientos que condenan, que lapidan. Y cuando el cuadro está terminado, sigues sin estar del todo convencido. Más tarde, al volver a recordarlo, lo vuelves a pintar, solo que esta vez con una pizca más de maldad. Luego lo pones en duda porque ciertamente podría haber sido casualidad. Un error sin fundamento. Un juicio despiadado por tu parte.

Vuelves de nuevo y pides lo mismo, y nuevamente tampoco se te da. Piensas: «¡Maldita sea! Sé perfectamente que lo que te pedí no te costaba na’». Ahora confirmas que tenías razón, que aquello era algo fijo. Confirmas su inamovilidad. El orgulloso en ti intentará que el otro obedezca tu voluntad.

Se enfrentará y despotricará. Pensará: «Estás en posición de servirme y eso es lo que deberías hacer». Hará que las figuras del cuadro de odio que había pintado se enfrenten en la «realidad». Creará dos enemigos e intentará someter por la fuerza al que juzga desconsiderado.

El humilde no luchará, solo buscará entendimiento. Intentará comprender la situación para encontrar una alternativa que evite una tercera ocasión. Llegará con su nueva solución. Pedirá y se le dará. Finalmente, descubrirá que era solo un tema de buena voluntad.

El humilde habrá visto la forma de la piedra y no volverá a chocarse con ella ni a maldecirla. Tampoco pintará cuadros con los que regodearse en su miseria. Simplemente entenderá y volverá a actuar desde ese nuevo entendimiento.