A veces me pregunto: «¿Por qué tanto miedo?». Y la respuesta es: «Por una cuestión de amor». Y, pensándolo bien, ¿qué no lo es?
El miedo al rechazo, a no ser amado, a no valer nada o a estar muerto es tan fuerte que uno puede renunciar a sí mismo fácilmente con tal de no enfrentarlo. El caso —o el chiste— es que uno ya está muerto.
Uno es ese tipo de El sexto sentido, quizás el único de ellos que apunta hacia alguna parte y nos dice que las cosas no andan bien, que no pueden o no deberían ser como son, que no tienen razón de ser.
Entiendo que es un círculo muy difícil de atravesar. Yo mismo llevo tiempo jugando al «tira y afloja» cerca de sus límites. Entiendo que estar dispuesto a ser realmente uno mismo está al alcance de muy pocos por lo que verdaderamente representa.
Y os diré una cosa: si todos desaparecieran y uno se quedara solo, sería muy sencillo; te habrían hecho el trabajo sucio. El verdadero reto es hacerlo mientras el mundo sigue girando y tú sigues ahí, habitando en él una realidad que le es ajena.
Hay otros que se esconden en el cascarón del «yo contra el mundo», intentando engañarse o excusarse para no afrontar esa dura prueba, pero todos sabemos que eso no funciona.
Ese círculo tan, tan difícil de atravesar divide al hombre libre del esclavo. Algunos entenderán mis palabras porque se encuentran o se han encontrado en la misma encrucijada. Para el resto, es una cuestión tan sencilla y compleja, a su vez, como abandonar al cínico que estamos interpretando.