¿Qué es eso del puente perfecto? Es estar en dos lugares a la vez. Es tener un pie dentro y otro fuera. Es estar condenado y salvado simultáneamente. ¡Qué cosa tan singular! ¿Estamos hablando de cuántica? No, de un puente que comunica dos mundos opuestos. Que comunica lo perfecto con lo imperfecto. Un territorio neutral que no está vivo ni tampoco muerto. Un limbo. Un lugar donde las manecillas parecen haberse detenido por unos instantes.
¿Y para qué sirve ese puente? Para traer los regalos del Cielo. Para que un desfile de ellos se entregue en lo yermo. Para que vuelvan a crecer flores en las rocas. Regalos que abren corazones en medio del desierto. Corazones que, rebosantes de vida, se adentran en el mundo del caos para devolverles la cordura.
Regalos con forma de «no tengas miedo, estamos a salvo. Estamos pisando suelo sagrado. Estamos en tierra santa, donde no hay guerras ni guerreros. Donde los enemigos son compañeros. Algunos cojos, otros tuertos. Todos ellos a la espera de unos brazos abiertos».
Yo, que empiezo a recordar lo que es el Cielo, doy en libertad lo que es de todos. Pues el Amor es o no es y, si es, debería abarcarlo todo. ¿Y quién que siga el rastro de los regalos que ha ido dando podría no encontrar el camino marcado? Pues todos ellos fueron desprendiendo piedrecitas blancas y brillantes.
¿Y quién que, habiendo hecho la labor del puente perfecto, podría perderse después de haber bebido de la fuente? ¿Acaso no era esa agua de Vida? ¿Acaso no había bebido del cáliz de la Vida? ¿Y quién que, habiéndola degustado, podría conformarse con páramos sombríos y apagados?
Los regalos entregados se extendieron más allá del puente, formando un caminillo de farolillos en la oscuridad para todo aquel que quisiese recibir la antorcha en sus manos. A todos aquellos que ya la sostienen les pregunto frontalmente:
—¿Cuál podría ser vuestro mayor deseo sino el de ser el puente perfecto? El puente que devuelve la vida a lo que se pensaba desvalido y carente.