—Lo que sigo sin entender es por qué continúas diciendo que teníamos que cruzar —dijo Luna.
—Porque teníamos que cruzar.
—Ese argumento ha mejorado muchísimo desde la última vez.
—Gracias.
—No era un cumplido.
Sol dio un sorbo a su café.
—Nuestro trabajo era averiguar qué estaba pasando con aquella puerta.
—Nuestro trabajo era investigar la puerta.
—Eso he dicho.
—No. Has dicho que teníamos que cruzarla. Son dos cosas diferentes.
—¿Y cómo pretendías averiguar qué había al otro lado?
Luna permaneció unos segundos en silencio.
—No lo sé.
—Ah.
—¿Qué?
—Nada. Me gusta cuando llegamos a esta parte.
—¿A qué parte?
—A la parte en la que resulta que mi mala idea era la única idea que teníamos.
—No tener una alternativa mejor no convierte una mala idea en una buena idea.
Sol dejó lentamente la taza sobre el plato.
—Eso ha sonado bastante bien.
—Porque es verdad.
—No necesariamente.
—Había algo que no cuadraba, Sol. Lo vimos antes de cruzar.
—Precisamente.
—¿Precisamente qué?
—Que había algo que investigar.
—Desde este lado de la puerta.
—¿Y si desde este lado no podíamos descubrirlo?
—Entonces buscas otra manera.
—¿Cuál?
Luna volvió a guardar silencio.
Sol sonrió.
—Otra vez hemos llegado a mi parte favorita.
—Que no supiese cómo hacerlo no significa que debiésemos atravesar una puerta que estaba haciendo algo que ninguna puerta debería hacer.
—Bueno, técnicamente seguía siendo una puerta.
—Sol.
—Tenía marco.
—Sol.
—Bisagras.
—Sabes perfectamente a qué me refiero.
—Y tú sabes perfectamente a qué me refiero yo.
Luna suspiró.
—Podríamos haber muerto.
—Pero no morimos.
—Eso no demuestra que fuese una buena decisión.
—Demuestra que no fue tan mala.
—No. Demuestra que sobrevivimos a ella.
Sol pareció considerar la diferencia.
—Me parece que estás siendo injusta con el resultado.
—Y a mí me parece que tú estás utilizando el resultado para justificar la decisión.
—¿Y para qué sirven los resultados?
—Para aprender.
—Eso estoy haciendo.
—No. Estás aprendiendo que, como esta vez salió bien, la próxima vez puedes volver a hacer exactamente la misma estupidez.
—Entonces estoy aprendiendo algo.
Luna lo miró.
Sol sonrió.
—Era una broma.
—No estoy completamente segura.
Durante unos segundos ninguno dijo nada.
Sol miró por la ventana.
—Entonces, ¿qué habrías hecho?
Luna movió lentamente la cucharilla dentro de su taza.
—No lo sé.
—Pero no habrías cruzado.
—No inmediatamente.
—¿Cuánto habrías esperado?
—Hasta comprender mejor lo que estaba ocurriendo.
—¿Y si para comprenderlo había que cruzar?
Luna dejó de mover la cucharilla.
Sol continuó:
—Ese es el problema. Hay cosas que puedes investigar desde fuera. Puedes observarlas, medirlas, darles vueltas durante semanas…
—Tú no le das vueltas a nada durante semanas.
—Estoy hablando de ti.
—Ah.
—Pero quizá hay cosas que no puedes comprender hasta que entras en ellas.
Luna levantó la mirada.
—Y quizá hay cosas en las que, cuando entras, ya es demasiado tarde para salir.
Esta vez fue Sol quien guardó silencio.
—También —admitió finalmente.
Luna sonrió ligeramente.
—Mira. Has aprendido algo.
—No te acostumbres.
La conversación se detuvo.
Sobre la mesa quedaban dos tazas vacías.
Sol levantó la mano.
—¿Nos cobras, por favor?
Unos instantes después dejaron la cuenta entre ambos.
Sol la abrió.
Miró dentro.
Después miró a Luna.
—¿Tienes suelto?
«Parece que alguien tendrá que pagar el café.»
