La luz que alumbra el camino es algo que va por delante de uno. Esa luz sirve para ampliar la visión periférica de la persona que la invoca, para que entienda hacia dónde está yendo y por qué está yendo en esa dirección.
Sin embargo, muchas veces las personas ignoran completamente su propia luz y se dedican a perseguir las sombras de otros, que tampoco logran entender porque no apuntan hacia sus propios miedos, dudas o preocupaciones; en definitiva, hacia sus auténticos problemas.
Dan la espalda a todo eso y su casa sigue sin barrerse… Ocupan su tiempo con cosas que nadie entiende y su casa sigue sin barrerse… Se obsesionan con caminos ajenos que no hablan de su propia naturaleza y su casa sigue siendo un completo desastre.
Y, a veces, la sombra que han estado persiguiendo durante tanto tiempo de repente vuela, se aleja y desaparece. Al darse cuenta, buscan rápidamente otra a la que engancharse. Otra más que vuelve a ser un rastro de alguien más, del pasado de alguien más, del proceso de alguien más.
Temen encender la antorcha de su corazón, la que les muestra el camino, porque en el fondo saben que será otro completamente distinto. Temen descubrir su enorme ceguera y sus constantes contradicciones. Temen redescubrirse, reinventarse y asumir el coraje de volver a empezar. De volver a construir una casa que ninguna tempestad pueda llevarse.
Temen encender la hoguera que les muestra su verdad, sus bajezas, su vileza, sus limitaciones, sus cadenas y ataduras. Temen dar crédito y poder a la transformación.
No creen poder hacerlo porque no creen lo más mínimo en sí mismos, aunque se engañan diciéndose que pueden con todo desde la más absoluta perplejidad. Una vez más, su propio descrédito los lleva a perseguir otras sombras, otros rastros y sus restos.
Obvian que a aquellas personas les funcionó porque siguieron su propia voluntad y no una ajena; porque siguieron el camino que era para ellas y que se encontraba en su interior. Intentan replicar el éxito ajeno y se estrellan, ya sea porque no son capaces de reproducirlo o porque, al lograrlo, nunca llegaron a ser ellas mismas y, por lo tanto, nunca fueron felices. Alcanzan el éxito externo, pero el vacío interno se mantiene intacto.
¿Aprender de los demás?
Siempre.
¿Caminar el camino de los demás?
Nunca.
Los caminos del espíritu están diseñados para que no entren en competición los unos con los otros y, por lo tanto, para asegurar una felicidad global. Son caminos que persiguen la pacificación de la mente y la resolución de todo conflicto o contradicción.