Enseguida quieren hacerse mayores para experimentar las mieles de la libertad. Salir del nido, de la protección, de la estrechez. Sacar al genio que cumple los deseos. Algunos tienen mucha prisa por la escasez sufrida. Otros, que han sido empachados, se aferran a la falda mientras tiemblan de miedo.
El reloj los apresura. ¡Ya es la hora! El niño y su inocencia se acercan al precipicio… ¡Se acabó el tiempo! El niño se lanza al vacío. Su inocencia permanece en las alturas y el vacío recibe a un nuevo cínico.
Empieza la lucha, los juegos de poder, la supervivencia, la búsqueda del tesoro. ¿Quién cavará más hondo? ¿Quién buscará la cima en lo más hondo? ¿Por qué ya nada sabe a nada? ¿Por qué los besos no saben a besos ni los abrazos a abrazos? ¿Qué es esto que estoy cavando?
Algunos se percatan de la trampa de los sueños vanos y dejan la pala a un lado. Escalan de nuevo la ladera en la que dejaron su bien más preciado. Abandonan el vacío de colores apagados, caras largas y ceños fruncidos. Vuelven a bailar, a pintar, a cantar, a interpretar, a mirarse a los ojos. Se ríen de su vergüenza y se sorprenden de sus proezas. «¿Era yo capaz de esto?».
Ella los espera con una mano extendida y una sonrisa. Cuando se encuentran, les dice:
«Te tomaste tu tiempo, pero al fin estás de vuelta.
Te mostraré otro camino. Uno que, invisible a los ojos, se sostiene en las alturas.
Cruzaremos el vacío.
Volverás a los colores, a los besos que besan, a los abrazos que abrazan, a la magia.
Cruzaremos el puente de lo invisible y tu corazón se colmará.
A medida que lo crucemos, te preguntarás por qué tenías miedo, por qué te preocupabas, por qué dudabas.
Y al final entenderás que un corazón lleno no puede tener miedo y que tus tesoros te esperaban justo adentro».