Es obvio que este mundo y esta vida no son fáciles. Lo que quizás no es tan obvio es que no lo son para nadie, pues el sufrimiento siempre está acechando al girar la esquina. Siempre hay algo en la esquina esperándote. Algo que te espera, pero que tú no esperas: lo inevitable.
¿Tendré que vivir con miedo? Todo lo contrario. En esa esquina están la prueba, la lección, el reto, el desafío. Algunos, muy grandes; otros, más pequeños. Todos ellos, igualmente importantes. A veces es un golpe que te tira directamente al suelo; otras, una imagen desagradable que se retuerce y te retuerce.
Todas ellas representan lo mismo: el amor perdido, el amor esfumado. En todas ellas hay un corazón resquebrajándose, una lágrima deslizándose. Todas ellas son igual de falsas, igual de carentes.
Todas ellas abren una herida imaginaria por la que se escapa tu aliento de vida hasta que no queda nada. Hasta que te quedas en nada. Se perdona para dejar de sangrar, se perdona para vivir. Se vive para perdonar. Se vive para amar. Se vive para amar a pesar de toda herida, a pesar de todo error. Se vive para estar dispuesto a girar esa esquina con el corazón en la mano. Se vive para ser más grande que cualquier esquina.