Música ambiente
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Un domingo cualquiera

Él se levantaba primero, con cuidado de no despertarla. Bajaba a la cocina, preparaba su café con miel, se lo tomaba, se sentaba en un rinconcito del sofá y se ponía a escribir. Aún faltaba un rato para que el alba empujase el telón de la noche; sin embargo, a esas tempranas horas, las ideas parecían brincar mejor.

Ella era un poco más perezosa; ciertamente, no la acompañaba esa energía tan explosiva. Se despertaba horas después, con la gracilidad de un cisne. No tenía ninguna prisa: se aseaba tranquilamente y luego preparaba el desayuno, no sin antes acecharlo por detrás y desearle los buenos días con un abrazo y un beso furtivo. Para entonces, él pensaba: «Vaya, ya me quedan unos minutos para terminar».

Después de desayunar juntos, él ponía música y hacía algunas cosas de la casa, mientras ella salía al jardín, respiraba el frescor del aire y realizaba unos estiramientos. Acto seguido, agarraba sus bártulos de pintura y continuaba con el cuadro al que llevaba ya muchos domingos dedicándose. Le encantaba probar colores nuevos y combinarlos de formas inimaginables.

Cuando él terminaba sus quehaceres, se sentaba en el porche y la observaba con suma atención. Veía ensimismado el baile entre la creadora y su obra; una imagen completa: su brillante pelo ondeando al aire, mientras sus manos, manchadas de pintura, iban haciendo pequeños retoques aquí y allá. Todo un espectáculo de coordinación y fusión que parecía desarrollarse a cámara lenta. Al terminar, era como si su alma humana hubiese vuelto a su cuerpo y se desvinculara de aquel estado creativo. Entonces se volteaba hacia él y le preguntaba con una amplia sonrisa:

—Cariño, ¿preparamos la comida?

Después de contemplarla, él no podía sino abrazarla y darle un beso. Para la hora de comer, los dos ya habían dado rienda suelta a su imaginación y podían volver a su habitual divagación. Comían juntos y, al terminar, daban un plácido paseo bajo los aún intensos rayos del sol.

Luego, al llegar a casa, se acomodaban en el sofá y ella apoyaba la cabeza sobre su regazo para escuchar su última historia. A veces eran aventuras de piratas; otras, del medievo, aunque el eje central casi siempre giraba en torno a la magia de caminos que se cruzaban de las formas más inesperadas. Por un rato, sus mentes viajaban hasta esas historias y las experimentaban como si estuviesen dentro de ellas.

Para ellos, la vida plena significaba construirla ellos mismos e intercambiar los regalos que se desprendían de sus adentros. Ya con el corazón en llamas y sin la más minúscula barrera entre ellos, solo les quedaba fundirse el uno con el otro.

Por último, solían poner el broche de oro a aquel día perfecto saliendo a cenar con unos amigos y compartiendo algunas risas con ellos.

Un domingo sencillo donde lo único que había era creatividad y amor por compartirse.

¿Qué mejor templo para Dios?